El hombre que plantó árboles y creció felicidad
Hace muchos años, a principios del siglo pasado, Juan hizo
un viaje
atravesando unas montañas que la gente apenas pisaba.
Al principio de su camino, le sorprendió la falta de color y
de vida del
paisaje. Tras caminar varios días, encontró un pueblo
abandonado en el
que pasó la noche. Necesitaba agua y se puso a buscar una
fuente por
las calles del pueblo, pero lo único que se encontró fue una
fuente seca.
El viento soplaba feroz, y como no parecía que en la zona
fuera a encontrar
un poco de agua para beber, decidió seguir el camino. Tras
horas y horas
de caminata, vio a lo lejos la silueta de algo que parecía
un rebaño de
ovejas. Se acercó y se encontró con un pastor llamado
Remigio. Muy
amable, Remigio le ofreció su cantimplora y le llevó a su
cabaña.
La cabaña era una pequeña casa de piedra reconstruida por el
propio
pastor. Se veía fuerte y sólida. El interior estaba muy
limpio y ordenado.
Le invitó a cenar una sopa que estaba hirviendo en el fuego.
Tras la cena, Juan le pidió que le dejara quedarse a dormir
esa noche ya
que los pueblos más cercanos estaban a más de un día de
distancia. Los
pueblos estaban habitados por carboneros y leñadores. Entre
ellos se
llevaban mal y deseaban trasladarse a la ciudad. No estaban
cómodos en
sus hogares porque el ambiente desértico, el viento que
soplaba
constantemente y la falta de trabajo, les ponía de mal
humor. El bosque
era quien les proporcionaba el trabajo y éste, había
desaparecido, con lo
que la forma de ganarse la vida también.
Antes de ir a acostarse, Remigio sacó una bolsa de bellotas
y las vació
en la mesa. Con mucho cuidado separó las buenas de las
malas. Eliminaba
las que eran muy pequeñas y las que tenían grietas. Las que
iba
seleccionando las metió en un barreño con agua. Cuando
consiguió 100
bellotas en buen estado, se fue a dormir.
Al día siguiente, por la mañana, llevó su rebaño a pastar. A
Juan le produjo
mucha curiosidad todo lo que hacía Remigio y decidió
acompañarle.
Remigio dejó al rebaño pastando en el valle y subió a lo
alto de un monte.
Allí clavó su bastón en el suelo y luego metió una bellota
de las
seleccionadas la noche anterior, en el hoyo. Luego tapó el
agujero con
tierra. Estaba plantando robles.
Había estado plantando 100 árboles al día desde hacía tres
años. ¡Ya
había plantado100.000! Remigio estimaba que sólo unos 20.000
habrían
brotado y que de éstos llegarían a adultos la mitad. El
resto se los habrían
comido distintos animales, o habrían muerto por exceso de
frío o de calor.
El pastor le contó a Juan que tenía pensado seguir plantando
a diario el
resto de su vida, y planeaba seguir con hayas y abedules en
los valles.
Remigio pensaba que la tierra estaba empobrecida por la
ausencia de árboles y se había propuesto cambiar esta situación. Ésta iba a ser
su misión en la vida
Un año después, comenzó la Guerra Mundial.
Juan se vio obligado a
participar en ella. Tras la lucha y destrucción que ocasionó
la guerra, Juan
tenía un gran deseo. Quería volver a la tierra donde había
estado en su
viaje, de la que recordaba su paz y su tranquilidad.
Afortunadamente, la guerra no afectó a esta comarca.
Acabada la contienda, Juan volvió de nuevo a las montañas y,
con gran
alegría, se encontró con Remigio. Apenas había envejecido.
Ahora
solamente tenía cuatro ovejas, ya que el rebaño perjudicaba
el crecimiento
de los árboles jóvenes porque se los comía. Ahora se
dedicaba a la
apicultura y ya tenía cien colmenas.
Los robles que plantó al principio tenían ya 10 años y eran
más altos que
Juan y Remigio.
Mientras paseaban por el bosque, Juan, con gran asombro, le
daba vueltas
a al idea de que los hombres no solo eran capaces de
destruir, como en la
guerra, sino que también eran capaces de crear. Admiraba a
Remigio por
la labor que había hecho solo con sus propias manos.
Remigio le mostró las hayas y abedules que había plantado en
los valles
en los que él pensaba que había humedad. No sólo habían
crecido árboles,
sino que la naturaleza del lugar se había transformado: el
agua corría por
los riachuelos que antes estaban secos, el viento había
esparcido las
semillas y habían brotado sauces, prados, juncos, jardines,
flores,…
Años después, unas personas encargadas de la conservación de
la
naturaleza fueron a ver este bosque, que otros pensaban que
había
aparecido espontáneamente. El bosque había seguido
creciendo. A los
árboles se les
sumaron muchos arbustos y plantas de todo tipo. Los
animales encontraron cobijo en toda esta vegetación y se
quedaron allí a
vivir.
Debido a su belleza y valor, decidieron proteger el bosque,
prohibiendo,
entre otras cosas, la obtención de carbón a partir de los
árboles, la caza
y hacer fuego.
Comenzó entonces la II Guerra Mundial. El bosque pudo haber estado
en peligro si hubiera estado mejor comunicado con las
grandes ciudades.
Muchos otros bosques fueron talados para usar la madera como
combustible en el transporte utilizado en la guerra. Pero no
fue el caso del
bosque de Remigio.
Él vivió en su cabaña sin enterarse de la guerra y,
mientras, siguió plantando
a diario tranquilamente.
Años después, Juan regresó a aquellas tierras a ver a su
amigo Remigio.
Se sorprendió por los nuevos cambios.
En primer lugar, la manera de llegar al pueblo donde llegó
en su primer
viaje: un autobús unía ahora el valle con la montaña. El
agua corría por los
riachuelos y los arroyos y se había construido una fuente de
la que manaba
agua, en donde hace años se encontraba la fuente seca.
Las casas se restauraron, estaban rodeadas de jardines y
flores. Se
cultivaban cereales en los campos y el color verde de los
prados brillaba
en el fondo del valle.
Los pueblos cercanos se habían rejuvenecido. De nuevo había
niños,
debido a que muchas personas se instalaron ahí porque ahora
era una
zona rica en recursos. Los habitantes vivían de la
naturaleza, aprovechando
de ella la tierra, el agua, sus frutos… Usaban tan solo lo
necesario del
bosque, sin poner en peligro su supervivencia.
Todo esto surgió gracias al esfuerzo de Remigio, que no se
cansó de
seguir plantando día a día y, aun con vida, pudo ver todo lo
que creció.
No solo árboles, consiguió que brotara felicidad.
Jugando a favor de la naturaleza, ella responde
positivamente. Si cuidas
de la naturaleza, ella cuidará de ti.
Adaptación libre del cuento de Jean Giono
Textos: Maite Marqués